Caes y caes y caes y no dejas de caer, porque simplemente las cosas no se solucionaran y entonces todo a tu alrededor solo es un borrón nefastos de gritos y llantos que no puedes opacarlos cubriendo tus oídos...porque parte de ese ruido eres tú.
Te sujetas.
Te sujetas de lo primero que vez a lo lejos... Pero es blando y brumoso, no logras sujetarte por completo y simplemente sigues cayendo rogando que esa caída termine de una vez por todas.
Lloras.
Lloras por ti y los demás.
Lloras por sentimientos egoístas, difíciles de comprender, difíciles de pronunciar.
Ya no quieres que nadie vea tu dolor, aun cuando deseas gritarlos a todo pulmón hasta que estos se desgarren y lo único que sientas sea esa sequedad quemante.
Vete...¡vete ya!
Vete de mi dolor, vete quiero enviarte lejos pero no me sueltas.
Como un amante adolorido me envuelves y me llevas dentro de tu oscuridad y me haces irreconocible ante el espejo. ¿Quién soy? ¿Cuándo me convertí en esto que tanto odiaba? Me odio ahora mismo por mi terquedad. No tengo más ánimos para caminar y respirar, no quiero comer, no quiero escuchar, no quiero hablar.... Déjenme, déjenme sola y vuelva a su luz de mentira.
Aférrense a ella.
Amen su luz, amén aquello que les hace felices y sostenganse de él, aunque mentirosa sea, es mejor que vivir bajo las somas de lluvia. Un día también estarás aquí, así como yo, así como el que te rodea y finge ser feliz.
Porque esta caída es donde siempre regresas.

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